Naidel Ardila

Mujeres. Liderazgo. Voluntariado.
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No me vengas con tus consejitos


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Elaborado por Naidel Ardila

Desde niña renuncié a los mandamientos religiosos, los sentía poco cercanos e inalcanzables, aparte de que observaba como la mayoría de los adultos que los predicaban, se encontraban lejos de reflejarlos en conductas congruentes. Con el tiempo y sin darme cuenta, acabé adoptando nuevos mandatos, solo que ahora eran espirituales. Estos los fui construyendo de manera indirecta, por un lado por lo indicaban como correcto e incorrecto mis maestros de yoga y meditación y por otro, por los tantos cursos que tomaba y los cientos de libros de Sanborns que leía. Por fortuna, después de un tiempo, los pude volver a desechar.

Hoy no puedo evitar sentir escalofríos por los DEBERES (explícitos e implícitos) que definen la identidad de las personas y que marcan un patrón de cómo se espera que uno se comporte.

Cuando escucho la frase “debes de” mis células entran en una especie de alarma, mi piel se eriza, y mi mente y cuerpo buscan una manera creativa y veloz para salir de ahí. ¿Y qué me dices de los deberes disfrazadas de “sugerencias”? Es raro que pase un día sin que escuche una plática con su característico tonito suave-sugerente, pero con terribles tintes moralistas.

Y aclaro, no es que las recomendaciones y la retro de otras personas no me sean valiosas, claro que lo son. Muchos consejos me han súper salvado de grandes madrazos. Solo que para que estos realmente me sumen valor, yo requiero que se hagan cuando yo necesite el consejo y por lo tanto, cuando yo lo solicite explícitamente.

A mi mente viene una buena historia que ejemplifica esto. Hace varios años después de liderar un viaje con 20 jóvenes como voluntarios con la comunidad tibetana en el Himalaya, regresé a México con unos niveles de ansiedad altísimos; como era de esperarse. Buscando darle salida a esa emoción, cero agradable, recurrí a un proceso terapéutico. En la segunda sesión, después de mi largo monólogo de deshago, la terapeuta comenzó su intervención con la frase: “Lo que tú necesitas”. Les confieso que ni siquiera me acuerdo cómo acabó la oración, solo recuerdo que mi cuerpo hervía en llamas. ¿Cómo carajos una mujer que apenas me conoce se atreve a suponer que ella sabe qué debo de necesitar? Tardó más ella en hablar que yo en contestarle: “No, yo no necesito que tú me digas lo que necesito y menos que me quieras convencer sobre qué debo de hacer. Lo que yo necesito es creerme capaz de saber qué necesito, atreverme a ser fiel a lo que siento y de aceptar que eso implicará no agradarle a muchos”.

¡Que gran momento fue aquel! Me acuerdo y me vuelvo a emocionar. No solo fue encantador presenciar la incomodidad en la cara de la “experta” terapeuta, lo más maravilloso que me sucedió fue el asumir -AL FIN- que nadie tiene mayor poder que yo para saber qué siento y necesito; y por lo tanto nadie puede dictarme cómo actuar. Por supuesto, no regresé con ella; aunque muy agradecida le estoy, porque fue una de las sesiones más fructíferas que he tenido con un psicólogo.

Los mandatos e ideas impuestas por otros sobre cómo comportarnos, qué pensar, qué sentir y hasta qué desear, son realmente PELIGROSOS.

Hay un gran riesgo que corremos cuando sutilmente permitimos a otro imponer un ideal de cómo aspirar a ser, cómo deber comportarnos, o qué debemos necesitar; el peligro es que “sutilmente” comenzamos a aceptar y a asumir que soy incapaz de elegir por mí misma.

Vivimos en una sociedad plagada de mandatos y deberes y de personas que desean imponerlos. Sin darnos cuenta hemos “normalizado” que la visión de otros para dirigir mi vida, es más atinada y más valiosa que la mía. Si vemos un poco más a fondo, es hasta algo absurdo pensar que otras personas saben mejor que yo, qué siento, qué necesito y por lo tanto cómo debo comportarme (Curiosamente cuando pido consejos es cuando no tengo claro qué siento). Es lógico, si yo la única que realmente está viviendo mi vida, yo soy la única que sabe realmente qué necesita.

Asumir nuestro poder para elegir libremente el rumbo de nuestras decisiones y nuestras vidas, es clave para dejar de otorgar nuestro poder e incluso la responsabilidad de nuestra vida en manos o voz de otros.

Las decisiones y conductas que realicemos podrán quizá estar equivocadas, pero son nuestras; y no hay nada más satisfactorio y gratificante, incluso cuando la regamos, que el saber que yo elegí cada paso y que mi andar es cada día más fiel a mí y más autónomo.

¿Apoco no merecemos darnos este regalo?

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