Naidel Ardila

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Cuando el regalo viene mal envuelto, ¡Gracias por irte, mi amor!


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Elaborado por Naidel Ardila

Cuánto tiempo ha pasado desde nosotros, desde lo nuestro, desde entonces. Hace tiempo decidí dejar de contarlo, me angustiaba ver que este se hacía más y más grande. A pesar de eso, de mis intentos, a veces fallidos, a veces exitosos, por dejarte atrás, quiero que sepas que siempre has sido y serás un hermoso-real y dulce-amargo referente en mi historia.

Me conmueve profundamente seguir descubriendo frutos de semillas que estoy segura jamás supiste que sembrabas dentro de mí.

Así que siguiendo las recomendaciones de varias personas que me quieren y conocen muy bien, es que me he sentado a escribir estas líneas. Desconozco si ellas llegarán a tus ojos, ni tengo claro si quiera que así sea. Lo que quiero, deseo y necesito, es poner en palabras mucho de lo que me ha sucedido y sucede contigo. Así que creo, conociéndome, que esta será una apasionada carta de confesiones, algunas culposas, otras dolosas, pero seguramente, todas liberadoras.

Con mi copa de vino en mano y mi música favorita al fondo, comienzo por decirte que te amé. Como todos lo que nacimos amantes lo hacemos, en completa apertura, confianza y gozo. Sabiendo que si bien amarte era un riesgo, también era un absoluto deleite existencial.

Te amé, como nunca lo había hecho.

Con un corazón completamente entregado, desbordado por tu ternura y suavidad. Ver tu mirada luminosa, me llenaba de vida y alegría. No me importaba que pasaba más allá nosotros. Sentía que juntos, podríamos conquistar el mundo. Que eso que nos unía era tan profundo y real, que era suficiente para conquistar lo inconquistable. Me llenaste de vida, corazón lindo. Me llenaste de esperanza, de fuerza, de certeza.

También te digo, que sé y jamás he dudado, que me amaste. Como pocos hombres saben hacerlo, con un corazón absolutamente abierto. Hoy sé, que a pesar de tus miedos, te entregaste y te mostraste. Que hermoso que lo hicieras así y que honor que lo hicieras conmigo.

Que hermoso fue construir una relación contigo. A pesar de nuestras historias, de nuestra falta de ejemplos, de nuestras incapacidades, de nuestras carentes herramientas emocionales, nos amamos, como solo tú y yo sabíamos hacerlo, a la buena, hasta adentro.

Y así como muchos amores intensos, llegó el momento de partir, de separarnos. Sin aviso, ni explicación, partiste o quizá yo partí antes, no lo sé. Me dolió, me doliste, nos dolimos, hasta adentro, hasta los mismos huesos.

Recuerdo que sentía textual, mi corazón partido en pequeños pedazos.

Deseaba poder dormir días enteros y despertar hasta que el dolor físico pasara. Abruptamente la vida me exigía que te soltara, pero te juro que no sabía cómo carajos hacerlo. Necesitaba entender qué había sucedido, qué nos había colocado ahí, buscaba comprender cómo era que un amor tan profundo y real, tuviera que acabar así de golpe, sin aviso. Muchos me decían que seguramente había señales que desde hace tiempo existían, pero por más que sinceramente intentaba encontrarlas, no las recordaba. Humildemente exploraba qué de mí te podría haber hecho partir. Creía que con el tiempo comprendería qué sucedió o regresarías a mí, a explicarlo.

Sedienta de comprensión y respuestas, me volqué en mí. En esta incesante búsqueda, intenté todo lo que puede para volver a sentirme segura y confiada de mí y de la vida. Leí todo tipo de libros de autoayuda y filosofía de vida, desde best sellers de Sanborns, hasta libros sagrados orientales. Practiqué un sin fin de terapias, tradicionales y alternativas.

Palabras más, palabras menos, el mensaje era el mismo, “ámate a ti, para que puedas amar a otros”, “cuando estés plena, llegará la pareja”, “tus heridas de infancia marcan tu presente”. Si bien, podrían parecer palabras sabias para algunos y aunque a veces me hacían sentido, no acababa de encajar y de descifrar el enigma. Baile con danzantes en pirámides, hice rituales de cierre de ciclos, me bañé con pétalos de rosas, escribí y quemé cartas, conté mi historia a un sinfín de desconocidos y conocidos, oré, medité, canté, aullé, viajé, por supuesto, exploré y exploré mi infancia.

Culpé a mi papá, a mi hermano, a mi mamá, a los hombres, al patriarcado, al sistema económico, cuestioné a [email protected] y a todo.

Y así, sin darme cuenta, inmersa en mi búsqueda, comencé a intentar cosas diferentes, a probar aromas y sabores diferentes. A descubrir mis rincones más desconocidos, fascinantes y escalofriantes. Hasta que llegue aquí, a convertirme en una mujer. Por fin se acabaron las quejas, los reproches y volví a sentirme segura, logré aceptarme a mí, mi vida y mi historia y con ello tu partida.

De pronto, sin buscarlo, lo comprendí todo.

En segundos todo me hizo sentido. Es hermosamente perfecto como cada paso, cada palpitar, cada lágrima, cada sonrisa, me trajo hasta aquí. Tu presencia y partida, te hicieron mi más grande maestro. Hoy sé, que el amor tan profundo y real que vivimos, no se terminó, sólo tomó matices y formas diferentes.

Hoy me descubro, amando sincera y verdaderamente todo lo que me rodea. De ti me inspiré, sin saberlo me mostraste mi profunda capacidad de amar. Hoy amo mi profesión, a mis estudiantes, amo los amaneceres, amo sentir, amo mostrarme al mundo, amo descubrirme, hasta amo mi historia. ¡Amo vivir! Contigo viví mi primer amor y cada día sigo descubriendo nuevos amores. Hoy puedo entregarme a la vida y gritarle a la cara, ¡soy tuya, haz de mi lo que quieras! Hoy sé que la vida es dulce y amarga, así como nuestra historia y que eso la hace hermosamente real y verdadera, así como nosotros. Hoy sé, que así como tú lo hiciste, puedo sembrar semillas en la gente, haciéndoles sentires amados y seguros. Hoy sé, llena de esperanza, fuerza y certeza, que no tengo límites, que puedo conquistar lo inconquistable, así como lo hicimos juntos.

Después de ti, una parte de mí murió. Fue desgarrador y aterrador verme morir, pero renací. Hoy, me descubro abierta a sentir dolor, a permitirlo y a dejarme morir en él. Sabiendo que resurgiré y renaceré más fuerte y completa que antes. Segura que el dolor no es eterno y que siempre después de pasar, las sorpresas de la vida llegarán a montones.

Fuiste, mi mejor maestro. Quiero que sepas y siempre recuerdes, que lo que vivimos, es una infinita fuente de inspiración y fuerza en mi vida. Hoy descubro su perfección y eso me llena de una indescriptible confianza en la vida, en sus tiempos y sus formas.

¡Me siento segura de vivir, de amar y de sentir, gracias a lo que descubrí de mí a través de ti!

Y desde este lugar me despido, mi amor. No sin antes decirte, que deseo desde lo más sincero de mí, que puedas reconocer el gran poder que tienes de transformar lo que amas, de impulsar y potencializar a todo en lo que pongas tu corazón. Porque tú me transformaste, me impulsaste y me potencializaste.

Y ahora entiendo, que nuestra relación terminó, como nos merecíamos que terminara, en la cúspide, en la cima, y que no podía descansar hasta que regresara a este punto y pudiera decirte a los ojos y completamente convencida que te amé, que amo nuestra historia (toda), y que deseo profundamente que vueles y construyas la vida que deseas y que tanto mereces.

Naidel

Nota al pie: a la semana siguiente le envié la carta. Sé que la leyó aunque no contestó nada sobre ella. A veces el silencio comunica más que las palabras.

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